The Sorrow


Hay un Juego que me gusta particularmente y es Metal Gear. Hace tiempo que no le pongo un dedo encima, pero esta serie de escritos tiene que ver, como siempre, con corazones rotos (el mio y el de otros), porque me impresionó recordar y pensar como algunos personajes, específicamente los "jefes" podrían adecuarse a algunas situaciones de mi existir...
The Sorrow (el link es a la info de Wikipedia del personaje)
Sorrow fue... no podría decir que mi primer amor, pero si fue en todo caso la primera persona por la que luché. Contra los sentimientos (los propios y los ajenos) y también contra mi entorno, que no veía con ojos favorables esa relación.
Ciertamente eramos unos niños, para ser exactos, un par de adolescentes, pero estábamos dispuestos a entregar cuanto fuera dable por estar juntos, lo cual le dota de todas las cualidades para ser uno de esos amores inolvidables, especialmente por una razón, una muy especial: me correspondía a plenitud, tuvimos tiempo de vivir ese romance
Nos conocimos en la época del colegio, y debido a la casualidad de mi vagancia, que me hizo perder el año, aunque ya Sorrow tenía una fama que le precedía en ciertos círculos escolares, por ser todo un personaje de historias y leyendas estudiantiles varias, por lo que es una de esas personas que uno dice "ah, si he oído hablar de ti..."
Tengo nítido en mi mente el primer recuerdo: 
Nos conocimos mucho antes de conocernos realmente, cuando eramos muy jóvenes aun.
Distribuidos en varios sitios de mi colegio había llaves del agua, que usábamos para beberla a libre disposición o para refrescarnos en días de calor. Uno de ellos, me acerqué a una de ellas a lavarme las manos y allí estaba él, salpicándose la cara sonrojada después de hacer deporte... y como se dejara la cara húmeda, uno de sus compañeros le dijo:
-Oiga, séquese que si no le salen pecas... 
a lo que contestó, con olímpico desprecio por las normas: 
- Me vale wevo... - fue la sucinta respuesta.
No sé por qué tal desenfado (y algo en su cara, que aún no era pecosa) me encantó; pero era 4 años (y estaba dos grados por debajo del mío) menor que yo, así que hasta ahí llegó esa fugaz primera experiencia.
Me enamoré. me desencanté, empecé el largo camino que me hizo ver desde muy joven que el asunto del amor era caro empeño, cosa complicada queridos lectores.
Y entre unas y otras, perdí dos años de colegio. Décimo grado, como dice la canción.
Eso significó que cuando cursaba mi penúltimo año, coincidimos en el aula.
Le llamaban "tintín" por su parecido con la caricatura de Hergé y aunque para cuando lo conocí había perdido el copete, salvo por el color castaño de su cabello vaya que era muy, muy parecido:
La forma de conocernos fue increíble (aunque todo en esa relación lo fue): 
Él era un "chico malo" así que se sentaba en la parte de atrás del aula, yo era una niña bien (y pese a los dos años perdidos) juiciosa y estudiosa y me sentaba al frente (principalmente porque aun no había empezado a usar lentes y no veía el tablero si no me sentaba ahí), por lo que pasaron algunos días antes de detectarnos, hasta que un día el detestable profesor de filosofía (es un milagro que tal personaje no haya matado mi gusto por esa materia) nos puso a hacer un trabajo en grupo sobre los valores "Y elijan a uno para que sea su vocero", y en medio de las mediocridades habituales, descollamos por nuestro manejo escénico y del tema: fuimos las más altas calificaciones entre 10 grupos, nada mal para un tercer día de clase. 
Por si la exhibición de su inteligencia no fuese suficiente, después mostró su sentido del humor (y su desafío al orden establecido que me llamó la atención la primera vez que se hizo notar ante mi), se ha parado este hombre detrás del profesor y empezó a hacer monerias a sus espaldas haciendo que casi, casi, me riera a carcajadas (me contuve: habría sido difícil explicarle al lascivo profesor por qué me reía en sus bigotes), lo que trajo a mi mente este pensamiento:
"Caramba, este chico es, al menos, tan listo como yo"
Obvio, me faltaba mucho por vivir para darme cuenta que no sabía nada, pero mi diagnóstico no erró: es uno de los hombres más inteligentes y cultos que he conocido en mi vida.
Fue así como con el paso de las clases pudimos ir viendo cada uno en el otro las cosas que nos agradaban, irnos conociendo, ir saboreando ese mutuo descubrirnos. 
A raíz de esta favorable primera impresión (nunca le pregunté cuál fue su primera impresión de mi, pero a todas luces también fue buena) empezamos a trabajar juntos y al poco tiempo éramos inseparables. Aun así, no eramos sino un par de locos que evaluábamos el estar o no juntos.
Él tenía su grupo de amigos (que habían empezado a estudiar juntos desde el primer grado) y ellos me incluyeron con entusiasmo en el grupo, que pasó a llamarse "Bhomblet" (o algo similar) por las iniciales de los nombres de todos. Verán por el número de letras que éramos un grupo respetable numéricamente hablando.
Entre marzo y abril empezó esa etapa maravillosa de toda relación: la conquista.
Dado que mi casa era la que quedaba más cerca al cole, pues empezó a visitarme, logrando así ir poco a poco metiéndose en mi corazón y claro es, conquistando la antipatía de casi toda mi familia (la excepción era mi hermanito, pues habían estado en el mismo curso antes).
¿Qué sucedió en ese tiempo especial? lo que sucede siempre en estas etapas: largas caminatas, montones de preguntas, el sobresalto al sentir de qué manera la mano del uno encajaba perfecto en la del otro. Recuerdo con nitidez (Cómo no iba a hacerlo?) nuestro primer beso: tímido, dulce, solo un roce delicado de nuestros labios, un poco de calor, un poco de presión, el leve sabor de su aliento.... y la sensación de tener un letrero en la frente donde decía "me han besado" (No, no fue ese mi primer beso, pero el impacto de ese beso es indescriptible), y le decía "no sé con que cara miraremos a nuestros compañeros mañana".
Él fue mi primer novio (digamos el segundo, pero es que con el primero no duré ni lo que dura un merengue en la puerta de una escuela) y la forma en que se me declaró fue de novela:
Durante nuestra breve amistad (dos o tres meses, quizá) me contó de su prima (con quien perdió la virginidad), de sus cortos años de vida, del padre que le dejó abandonado, de las circunstancias de su nacimiento y... además de la oposición de mi familia, había algo más: Otra persona dentro de su corazón, convirtiéndome así en su segunda opción. Me lo dijo un día de principios de abril, y como de costumbre traté de minimizar el dolor que me causó dicha revelación, tomándolo a broma, (siempre lo hago) y casi que autorizando que fuera y siguiera los que consideraba eran los "impulsos de su corazón", asi que dándomelas de valiente, lo insté a que averiguara si era posible tener una relación con ella, demostrando estar tan más allá de todo, que hasta le aposté:
- Te apuesto una caja de chocolates a que ella te dice que si.
Obviamente que no era eso lo que deseaba decirle, pero se lo dije igual, y cuando se marchó a indagar por el resultado de su gestión, yo busqué la chaqueta más abrigada de mi armario, verifiqué que tuviese capucha y salí a caminar y a llorar por todo el barrio, por todos esos lugares que habían sido testigos de ese mutuo descubrimiento. Llovía.
Trato siempre de hacerme fuerte y un corazón roto no era el fin de mi existencia... seguí mi vida y aunque estuviéramos la misma sala, dejé de hablarle y no nos vimos por un par de días... Hasta que me buscó...
Una tarde, después del colegio, salí como muchas tardes a ayudar a lavar el auto de mi padre, muy triste (hacerse la heroína cuesta), muy enfadada (mi hermanito debía ayudarme y no lo hacía) y empecé mi labor, cuando la llamada a gritos de mi hermano para que acudiera a casa me enfadó aun más... imaginen mi sorpresa cuando a quien encuentro en la puerta de la casa es a Jove quien con una cara radiante y una expresión tal que las únicas palabras -absurdas- que salieron de mi boca fueron:
-ay no... perdí la apuesta
A lo que contestó un "si" dicho con toda su alma para darme un abrazo muy fuerte y un beso.
Tal vez sea presunción mía, pero  a la distancia creo que él no quería realmente estar con ella y que su negativa lo alivió... por eso corrió hacia mi.
Así empezó nuestro noviazgo, uno de los más importantes en mi vida.
Él fue el primer novio que presenté en mi casa y para mí era un summun de perfecciones, desde su carita pecosa (si, obvio, finalmente, después de varios años de rociarse la cara con agua y exponerse al sol sin secarse, le salieron pecas) hasta su cuerpo delgado. Desde lo mucho que sabía de libros y mitología hasta los traumas de su pasado.
Eramos una pareja joven, inocente, tan normales... él iba a mi casa yo a la suya, hubo salidas, peleas y reconciliaciones.
Hubo una curiosa: salimos con su madre y su hermanita a un parque, él se disgustó con ellas y mientras corrí a contentarlo, resultó desgranándome sus penas (y parte de su personalidad) junto a una casa. Casa que yo habitaría casi 12 años después. Extraña coincidencia.
Él me escribía, escribía a mano y todo el tiempo: cartas, tarjetas, cuentos...
Son aquellas cosas que tengo en uno de mis baúles cerrados: La cajita de chocolates.
Recuerdo que un día de cumpleaños (el único que pude pasar con él) me invitó a cine y vimos Hércules de Disney, (se convirtió en una de mis películas favoritas, me sé las canciones y todo) comimos pizza y me regaló un par de guantes para reponer unos de los que misteriosamente perdió uno (mucho tiempo después me confesó que se lo había quedado).
Hacíamos planes, muchos planes juntos.
Acabaríamos el colegio y....
y como nuestro amor era invencible, pues los amigos del grupo conspiraron para que "nos casáramos".
Pusieron anillos, pastel, ramo de flores y una tarde a la salida del colegio, Bernardo, cual sacrílego clérigo, nos declaró marido y mujer.
Jove puso en mi anular un anillo sencillo de color plateado y yo hice lo propio con él y con un beso sellamos nuestro eterno amor.
Ese anillo es importante en mi historia. Aun lo conservo.
Hacíamos planes: terminaríamos el colegio, yo entraría a estudiar literatura (no recuerdo ya que deseaba estudiar él) y al graduarnos de profesionales nos casaríamos, tendríamos una casita para los dos (de hecho, él ya tenía casa propia, pero en ese momento ni yo lo sabía ni me hubiera importado) y seríamos eternamente felices....
He de aclarar que estudié en un colegio de monjas (si, un colegio de monjas mixto) y por lo tanto se hacía, al menos una vez cada año, un retiro espiritual, que por lo general era de 3 a 5 días, pero que por problemas de presupuesto ese año se redujo a un solo día.
Allá en medio de reflexiones y trabajo a conciencia, el confesó que estaba empezando a usar drogas y a mí el mundo se me partió en dos.
Que cómo así, que cómo fue, que ajá.
Nunca lo hubiera sospechado y para mi fue consternador saber eso. La directora del curso intervino de inmediato y le sugirió entrar a un programa especial para impedir que su asunto con las drogas pasara a mayores.
Eso pasó a fines del mes de Agosto.
En septiembre (a mediados) ya todo se había resuelto, y por tanto estaba decidida su fecha de partida que era el 21 del mes.
Unos días antes, nos tocó una actividad extracurricular fuera del colegio, y una vez terminada fuimos juntos al planetario de la ciudad, donde mientras caía una lluvia de estrellas fugaces simuladas, pedí como deseo que ese amor...
El fín de semana anterior a su partida, fuimos a una de las tantas fiestas de pago que organizaba mi hermano y allí, oyendo la canción que siempre me lo recordará, nos despedimos. Aun hoy no puedo escuchar esa canción sin entristecerme.
"Que nunca me falte" - Gustavo Rodríguez

Como el programa al que lo ingresaron era de tipo internado, nos juramos esperarnos, igual, el programa duraba de seis meses a dos años, y el sería muy juicioso y saldría pronto, mientras yo encendería velas de rodillas ante el altar de ese amor...

Me dejó una carta de despedida, donde me pedía que lo esperara, que nos casaríamos tan pronto yo lo deseara: que si quería hacerlo al terminar el colegio así sería y si quería esperar a la universidad, también, el me esperaría y nuestra anhelada felicidad sería una realidad....
Y mientras tanto, nos consolábamos con cartas.
Muchas, muchísimas cartas le escribí en ese tiempo, hice una carpeta con recuerdos para el...
y lloré.
Sobretodo, lloré.
Meses llorando todas las noches (también algunos días), escribiéndole y soportando las miradas de lástima de todo el mundo en la escuela.
Tanto que hasta la directora del curso (si, la misma que le sugirió internarse) ya estaba preocupada por mi aspecto macilento, mis ojos hinchados y mi cara de mártir.
Duré así poco más de tres meses, en los que nunca recibí ni una respuesta a mis cartas y solo dos llamadas telefónica, que me rompió el corazón del dolor; Su madre me contó que por normas del sitio, él no debía comunicarse con nadie fuera de su estricta familia (ni siquiera con quienes como yo, se consideraban una influencia positiva) y por eso no podía responderme, (sabe Dios cuanto le costó conseguir el permiso para hacer esas llamadas) pero que todo iba bien, que tranquila... 
Hasta que un día su madre me confesó que él nunca recibió ninguna de las cartas y paquetes que le envié, que no debía volverlo a ver, nunca, y su madre me lo dijo entregándome casi un año de cartas y regalos que él nunca recibió.
Ahí me derrumbé del todo y me di cuenta que esperar, sola y sin saber el qué no tenía sentido.
Me quité el traje de viuda inconsolable y empecé a vivir...
me enredé con un tipo (relación fugaz pero con una historia hasta de lo más curiosa que puede que después cuente) 
Y creo que eso, él nunca me lo perdonó.
He de decir que los propuestos seis meses de internamiento se convirtieron en año y medio, que fue largo y doloroso...
Así, salió de mi vida.
"La razón de mi vida" - Victor Manuelle
Su canción para mi. Una de las. La principal.
Algún tiempo después, me enteré que a quien le preguntaba por mi, respondía más o menos, con esta canción.
Pasaron seis años
Sí, los mismos seis años que nos habíamos acordado dejar pasar antes de casarnos y por un montón de casualidades, (las escribí en un listado y fueron más de 8) nos encontramos, un día. Qué sorpresa. Qué huracán. No me sostenían las rodillas.
Al día siguiente fui a visitarlo a su casa y estuvimos juntos todo el día.
Y viví lo más cercano a una convivencia, como pareja, con otra persona. Con él.
Durante nuestro breve e infantil noviazgo fue obvio para mi que él me deseaba, pero respetó mi deseo de no tener sexo y en ese día de encuentro después de tanta vida vivida lejos el uno del otro, nos entregamos el uno al otro.
Al anochecer, fuimos juntos aun bar a tomar algo y ahí supe que para él, había sido una Rosa (me había escrito un cuento con ese tema, y en el bar me cantó la canción de mecano) y también supe que había perdido (por esa intrascendente aventura que mencioné) el derecho a rehacer nuestra historia, a escribir algo nuevo a su lado.
Lo resumió con una frase lapidaria:
"No tengo nada que ofrecerte. Ni a ti  ni a nadie"
A pesar de ello, pasaron los meses y estuve a su lado mientras montaba su negocio y le ayudé más que su presunta socia: desde pintar paredes hasta limpiar baños. Una vez más era su porrista número 1 y estaba dispuesta a todo para que viera cuánto deseaba apoyarle...
Pero mientras yo yo agonizaba de amor (de nuevo), él inició una nueva relación, que yo debía ver a la distancia, mordiéndome los labios...
Recuerdo un día....
Era su fiesta de cumpleaños y su pareja le llevó serenata. Yo asistía a esa fiesta, cual convidado de piedra, celebrando un amor que no me pertenecía... Cuando no pude resistirlo más, me fui y con la excusa de acompañarme, salió conmigo y lejos de miradas indiscretas me besó.
Y lloré de nuevo en el camino a casa
(Pequeña anotación: al día siguiente desahogué mi pena -la puñalada que fue ese beso- preguntando "Por que los hombres sois tan desgraciados?" llorando en brazos de quien, mucho tiempo después, sería mi pareja)

Con el paso del tiempo, ella quedó embarazada de él y formalizaron su relación. Ahora tienen dos niños que son idénticos a su padre.
Él salió de mi vida, pues no soy mujer capaz de destrozar un hogar, pero seguimos en contacto, de vez en cuando.
Él ha olvidado (presuntamente) cosas sobre mi (como mi día de cumpleaños) mientras yo recuerdo todo de él: desde el tono exacto de su piel pecosa hasta el sabor a sal de las lágrimas que le vi derramar. El por qué alguien tan culto tiene tan terrible ortografía, qué música le gustaba y las comidas que prefería, su maestría para hacer cometas o la manera en que escribía.
Y es curioso, porque he olvidado mis aportes a su vida: no recuerdo qué canciones le dedicaba o si alguna vez cociné para él. Tengo una extraña amnesia selectiva.
Es Sorrow en mi vida porque lo lastimé, sin desearlo, sin querer hacerlo pero lo hice.
Por eso se (nos?) negó otra oportunidad.
Es el único que me cobrarán en el infierno.

Abejita

Abejita: 🐝
Prometí que no iba a volver a escribirte aquí,  pero ya ves.
Anoche soñé contigo.
En ocasiones te echo de menos.  Sé que te vas a casar y pensaba que si siguiéramos siendo amigas te acompañaría a medirte vestidos (no creo que hayas hecho tu propio traje aunque una vez acordamos que si me casaba harías el mío... Por algo eres diseñadora),  a comprar el traje que tu listo hijo seguro usará y a mirar comida y como será el color de tu fiesta.
También hubiéramos ido a bailar en este tiempo,  y hablaríamos horas enteras y sabría tu opinión sobre mi nuevo color de cabello.
También a veces recuerdo lo que sucedió y por qué,  aunque no te hubiera sacado de mi vida,  ya nada volvería a ser igual,  no te contaría mis sentimientos ni mis preocupaciones...  Solo sería un bufón más en tu corte,  aunque no dejaría de estar contigo,  de compartir los momentos de tu vida.
Sé que estás bien y de corazón te deseo una vida feliz,  llena de esa miel que solo fabrican las abejas... Aunque yo no haya podido recuperarme de tu aguijón.

PD: Acabo de terminar de leer "Yo después de ti" y a Louisa le encantan sus medias de abeja. Nunca te pude ver con ese traje y me hubiera encantado (como a ti,  supongo, mis guantes de garritas).  Siempre las abejas me hacen (y me harán) recordarte, pero soy de las que perdona, pero nunca podría olvidar.
Lo siento.

Esta es para hacerte feliz!

A veces la vida es una completa mierda, y yo creo que si encima, oyes música depresiva, no solo será una mierda, sino que se habrá acabado el papel sanitario.
(hay un dicho de mi país: "Cagao' y con el agua lejos").
Así que trato de no escuchar música deprimente.
Y por eso adoro esta canción: en un 97% de la veces me levanta el ánimo:
"Esta es para hacerte feliz" - Jorge González

Y encima, el vocalista es un luchador: se acabó Los Prisioneros, pero se le midió a ser solista y después de un infarto cerebral, sigue tocando, sigue componiendo y ensayando aun cuando el cuerpo lo traicione. Eso siempre da moral, especialmente cuando se tiene miedo.

Serás mi cómplice

(o bueno, de hecho, eres).
Mejor que nadie sé que estás lleno de inconvenientes y lamento no poder dejar de mirar a mi alrededor, a mirar motocicletas, joyas, flores, bombones y salidas a comer...
pero...
En una pausa de caricias el fin de semana, una vez más me preguntabas que por qué te quería y te decía "Me tienes paciencia" a lo que respondiste "¿Sólo eso?" y dije "Bueno... me tienes mucha paciencia".
Y quizás eso resume muchas cosas, paciencia, por ejemplo, que el sábado te hiciera ir a recogerme para "que hagamos algo" y finalmente terminar yéndonos a casa como cualquier otro día, que tratara de forzarte a ver películas cursis (solo he conocido a un hombre que se somete de buen grado a eso, y es Doc), que te haya hecho ir más de 10 veces a ver si llegó el termo que me dijiste que debía comprar y que no te hice caso, y ahora me arrepiento, que te ponga a salir con mi familia, cargar paquetes cuando vamos de compras y que ayudaras a mi papá a subir 5 pisos la condenada y pesada lavadora de mi familia.
Paciencia, porque ahora te gustan los gatos más que a mi....
"Serás mi cómplice" - Complices

Constantemente nos preguntamos el uno al otro porqué nos queremos. Nunca nos cansamos de contestar. Debe ser que a veces, no creemos la suerte que tenemos....

Yo antes de ti

Acabo de terminar un libro, "yo antes de ti" (del que quizás después haré un post, o quizás un 'libro vs película') y es curioso como me ha recordado a "Mar Adentro"  y su libro "cartas desde el infierno" (uno de los pocos libros que aprecio en físico).

El tema es parecido,  cómo se vive la tetraplegía, en "Mar..." desde quien la sufre y en "Yo..." desde los cuidadores.
En ambas la conclusión es la misma,  la muerte ante la imposibilidad de poder ser lo que se desea,  la muerte por elección cuando el cuerpo te traiciona.
Ayer un compañero de trabajo me llevó a casa en motocicleta y fue un viaje largo,  no por el trayecto en si,  sino por mi terror de que algo nos sucediera (maniobrar esa clase de vehículos en esta caótica ciudad es un gran riesgo).  Leía hace poco en el diario que una chica quedo en silla de ruedas y en un descuido de sus padres se arrojó a la piscina porque no era esa la vida que quería vivir.
No apoyo el suicidio,  pero si la eutanasia,  libre y voluntaria, y si un amigo mio decide suicidarse, no me alegraría, pero al fin y al cabo, sería su decisión. Quizás porque no comprendo que un dolor existencial te saque de ti vida,  pero el dolor físico me es mas cercano.
Ya he conocido a dos suicidas y lamento que la vida les haya sido tan ingrata como para llegar a ese acto,  pero en el caso del libro y a diferencia de Louisa,  yo habría estado todo el tiempo y apoyado a Will en su decisión,  todo el tiempo.
Se que esta no es exactamente una reseña de libro,  pero esta historia me ha dejado una fuerte impresión.
Quizás haga una reseña decente cuando termine "yo después de ti".

A veces te extraño...

... porque contigo era que hablaba de temas importantes...
y sentía (aun lo siento) que me prestabas atención.
Puede que solo fuera porque no era nuestra la diaria convivencia, y no estabas distraído por el tenis, los video juegos o un libro, pero...
Es tan perturbador que haya querido hablar del sermón de la pastora invitada y me salgan con citas de los simpsons y después, a jugar fifa 2016...
A veces te extraño, porque era contigo con quien hablaba de los temas importantes...


Poema 48

De "El Jardinero" de Rabindranath Tagore:
Líbrame de las cadenas de tu ternura, amor mío. No me ofrezcas más el vino de tus besos.
Este vapor de pesado incienso oprime mi corazón.
Abre las puertas y deja paso a la luz de la mañana.
Estoy perdido en ti, envuelto en los pliegues de tus caricias.
Sálvame de tus sortilegios, devuélveme la virilidad.
Te ofreceré,
entonces, un corazón libre 
Y pues, la canción que me hizo pensar en ese poema, después de muchos años (aunque me gusta más una versión modificada - la primera que leí- que hizo mi hermano, cuando era un adolescente, para un amor que ya no importa) 
"Un Ratito" - Andrés Cepeda

Sentencia de muerte para la grosería

De Jack Ritchie
(Este cuento viene a colación porque... bueno, aveces desearía tener un arma. Y una libreta, claro) 
De "Prohibido a los nerviosos (recopilación de Alfred HItchcock, 1969)" - Uno delos mejores libros de suspense que se han escrito. Super recomendado.
No he contribuido con nada al progreso del mundo… y en ese aspecto me parece que tengo mucho en común con la mayoría de los seres humanos que pueblan la tierra… pero, por otra parte tampoco me he apoderado de nada. En resumen pedí a la vida que me dejara solo. La vida ya es lo suficientemente difícil sin tener que vivirla en una no deseada asociación con otras personas.
-¿Qué edad tiene usted? -pregunté.

Sus ojos no se separaban del revólver que yo sostenía en la mano. 

-Escuche señor, no hay mucho dinero en la registradora pero lléveselo todo. No le proporcionaré dificultades.

-No me interesa en absoluto su asqueroso dinero, al menos desde su punto de vista. Podría usted haber vivido otros veinte o treinta años más si se hubiera tomado la más mínima molestia de ser cortés.

El hombre no me comprendió.

-Voy a matarle -añadí- por culpa del sello de cuatro centavos y por el dulce.

El hombre no sabía lo que yo quería decir con aquello del dulce, pero sí parecía caer en la cuenta sobre lo del sello.

El pánico se exteriorizó en sus facciones.

-Usted debe estar loco. No puede matarme a causa de eso.

-Sí que puedo.

Y así lo hice.

Cuando el doctor Briller me dijo que solamente me quedaban cuatro meses de vida me sentí, por supuesto, muy perturbado.

-¿Está usted seguro de que no se han mezclado las radiografías mías con otras? He oído que a veces sucede eso.

-Me temo que no, señor Turner.

Luego lo pensé un poco mejor. Los informes del laboratorio… quizá mi nombre figuraba equivocadamente en alguno de ellos…

El médico movió lentamente la cabeza.

-Lo he comprobado detenidamente, cosa que hago siempre en estos casos. Es práctica de seguridad, ¿comprende usted?

Era la última hora de la tarde y la hora en la que el sol estaba cansado. Yo tenía esperanzas de que cuando me llegara la hora de morir realmente, fuese por la mañana. Indudablemente sería mucho más alegre.

-En casos como éste - añadió el doctor - un médico se enfrenta siempre a un dilema. ¿Debe o no decirle la verdad a su paciente? Yo siempre acostumbro a decir la verdad a los míos. Eso les da tiempo para arreglar sus asuntos y correrla un poco, por decirlo así.

El doctor hizo una pausa y atrajo hacia sí un bloc de papel que descansaba sobre la mesa de despacho. Luego añadió:

-También estoy escribiendo un libro. ¿Qué intenta usted hacer con el tiempo que le queda?

-Realmente no lo sé. Ya sabe usted que lo estoy pensando desde un minuto o dos.

-Desde luego - dijo Briller -. Por ahora no hay prisa. Pero cuando usted decida sobre ese aspecto, hágamelo saber, ¿lo hará? Mi libro menciona las cosas que hace la gente que sabe tiene sus días contados…

Briller hizo otra pausa y apartó hacia un lado el bloc de papel, añadiendo tras una pausa de silencio:

-Visíteme cada dos o tres semanas. Eso servirá para medir el progreso de su descenso.

A continuación Briller me acompañó hasta la puerta diciendo:

-Ya tengo anotados veintidós casos como el suyo…

. Luego el médico pareció mirar hacia la lejanía, adoptando una actitud de total reflexión y murmuró:

-Podría llegar a ser un best seller, ¿comprende usted?

Mi vida siempre fue dulce, una vida muelle. No vivida sin inteligencia, pero sí dulce.

No he contribuido con nada al progreso del mundo… y en ese aspecto me parece que tengo mucho en común con la mayoría de los seres humanos que pueblan la tierra… pero, por otra parte tampoco me he apoderado de nada. En resumen pedí a la vida que me dejara solo. La vida ya es lo suficientemente difícil sin tener que vivirla en una no deseada asociación con otras personas.

¿Qué es lo que uno puede hacer con los cuatro meses que le quedan de vida muelle?

No tenía la menor idea de lo que había caminado y pensado sobre este tema cuando de repente me encontré atravesando el largo puente curvo que, en suave pendiente, desciende hasta la carretera del lago. El sonido de una música mecánica interrumpió mis pensamientos y miré hacia abajo.

Un circo, o quizá se celebraba algún festejo de carnaval, pensé.

Era el mundo de la magia donde el oro es dorado, donde el maestro de ceremonias, el maestro o director de pista es tan caballero como auténticas son las medallas que adornan su pecho, y donde las rosadas damas que montan a caballo tienen duras facciones y peor carácter. Era el dominio de los vendedores de ásperas voces y de los mil cambalaches.

Siempre tuve la impresión de que la desaparición de los grandes circos podía considerarse como uno de los avances culturales del siglo xx, y, sin embargo, en aquellos momentos descubrí que sin darme cuenta descendía hasta el pie del puente y al cabo de unos momentos me encontraba a medio camino del circo entre unas filas de barracas donde se exhibían las mutaciones humanas para entretenimiento de los niños.

Pronto llegué hasta la entrada principal del circo y contemplé perezosamente al aburrido taquillero que se hallaba cómodamente situado en una elevada cabina junto a la puerta principal.

Un hombre de agradable aspecto, acompañado por dos niñas se aproximó a él y le entregó varios rectángulos de cartulina que parecían ser pases.

El portero recorrió con un dedo una lista impresa que tenía a su lado. Sus ojos se endurecieron y miró despreciativamente, durante un momento, al hombre y a las niñas. Luego, lenta y deliberadamente, rasgó los pases en mil pedazos y dejó caer al suelo los fragmentos.

-No son buenos - murmuró.

El hombre se sonrojó y replicó:

-No lo comprendo.

-¡No dejó usted los carteles colocados! - gritó el hombre -. Y ahora…, ¡lárguese de aquí!

Las niñas miraron a su padre con expresión de desconcierto. ¿Haría su papá algo por solucionar aquello?

El hombre permaneció inmóvil durante un momento a la vez que la ira hacia palidecer su rostro. Parecía que estaba a punto de decir algo, pero luego miró a las dos niñas. Cerró los ojos durante un momento como si hiciese un terrible esfuerzo por controlar su cólera, y luego dijo:

-Vámonos, nenas, vámonos a casa.

El hombre se alejó con ellas y éstas miraron por dos veces hacia atrás, asustadas, pero sin decir nada.

Me aproximé inmediatamente al portero y le pregunté:

-¿Por qué ha hecho usted eso?

El hombre me miró desde lo alto de su cabina. -¿Qué le importa a usted eso? - inquirió a su vez. -Quizá mucho.

El portero me estudió durante un momento con gesto de irritación y luego respondió:

-Porque no dejó los carteles colocados.

-Ya lo escuché antes. Ahora explíqueme qué es eso.

El hombre respiró con tanta dificultad como si le costara dinero y dijo:

-Nuestro agente avanzado va de ciudad en ciudad semanas antes de que nosotros lleguemos, un par de semanas antes todo lo más. Deja en todos los sitios carteles anunciando el espectáculo que traemos, y los deja en donde puede… en las abacerías, zapaterías, mercados… cualquier lugar donde el propietario pueda adheridos a su escaparate para dejados allí hasta que el espectáculo llegue a la ciudad. Por el servicio se le regalan dos o tres pases. Pero algunos de estos tipos no saben que el servicio se comprueba, o mejor dicho que lo comprobamos. Si los carteles no están en el escaparate cuando llegamos a la ciudad entonces los pases quedan sin validez alguna.

-Comprendo - dije secamente -. Y por eso usted rompe los pases en sus mismas narices y delante de los niños. Evidentemente ese hombre quitó los carteles de su establecimiento demasiado pronto. O quizá esos pases se los ha regalado otro hombre que quitó los carteles de su establecimiento.

-¿Y qué diferencia hay? Los pases no sirven. -Quizá no haya diferencia alguna en eso. Pero, ¿se da usted perfecta cuenta de lo que acaba de hacer?

Los ojos del hombre se entornaron tratando de estudiarme y de calcular el poder que podría tener yo. Luego añadí:

-Ha cometido usted uno de los actos humanos más crueles. Ha humillado usted a ese hombre delante de las niñas, de sus hijas. Les ha infligido usted una herida cuya cicatriz perdurará a lo largo de todas sus vidas. Ese hombre se llevará a casa a las niñas y su camino será largo, muy largo. ¿Y qué podrá decirle a sus hijas?

-¿Es usted polizonte?

-No, no soy polizonte. Los niños de esa edad consideran a su padre como el mejor hombre del mundo. Le consideran el más amable, el más cariñoso, el más valiente de todos. Y ahora siempre recordarán que un hombre, otro hombre, se portó mal con su padre… y él no pudo hacer nada.

-De acuerdo, rompí sus pases, ¿por qué no compró entradas corrientes? ¿Es usted algún inspector de la ciudad? .

-No, tampoco soy un inspector de la ciudad. ¿Y esperaba usted que ese hombre comprara entradas después de la humillación que acababa de sufrir? Usted dejó al hombre sin recursos morales. No podía comprar entradas y no podía tampoco crear una bien justificada escena porque estaban los niños delante. No pudo hacer nada. Nada en absoluto sino retirarse con las dos niñas que deseaban ver su miserable circo y ahora ya no pueden hacerlo.

Miré al pie de su cabina. Allí estaban todavía los fragmentos de muchos más sueños… las ruinas de otros hombres que habían cometido el crimen capital de no dejar en sus escaparates los carteles el tiempo suficiente. Luego añadí:

-Pudo usted decir: “Lo siento, señor, pero sus pases no son válidos”. Y luego explicar cortés y pacÍficamente por qué.

-No me pagan para ser cortés - dijo el hombre enseñando una dentadura amarillenta -. Y, señor…, me gusta romper pases. Me produce satisfacción. ¿Comprende?

Allí estaba. Aquel elemento era un hombrecillo al que se le había concedido un pequeño poder y lo empleaba como un César.

El hombre se levantó a medias de su asiento y añadió: -Ahora lárguese de aquí, señor, antes de que baje y se lo haga comprender de otra manera.

Sí. Era un hombre dotado de crueldad, una especie de animal nacido sin sentimientos ni sensibilidad y destinado en el mundo a hacer todo el daño que pudiese mientras existiera. Era una criatura que debía ser eliminada de la faz de la tierra.

Si yo tuviese el poder de… Miré durante un momento hacia aquel retorcido rostro y luego giré sobre mis talones para alejarme. En la parte alta del puente, tomé un autobús y me apeé en una tienda de artículos para deporte que había en la calle 37.

Compré un revólver del calibre 32 y una caja de munición.

¿Por qué no asesinamos? ¿Porque no sentimos la justificación moral de tal acto final? ¿O quizá se debe más a que tememos las consecuencias si nos descubren… lo que nos pueda costar, a nuestras familias o a nuestros hijos?

Y así sufrimos las humillaciones y los insultos con tremenda docilidad, las soportamos porque eliminados nos costaría aun más sufrimientos de los que ya padecemos.

Pero yo no tenía familia ni amigos íntimos. Y solamente me quedaban cuatro meses de vida.

El sol se había puesto y las luces de la feria brillaban cuando me apeé del autobús en el puente. Miré hacia la cabina del circo y allí estaba todavía el hombre sentado en su garita.

“¿Cómo debía hacerlo?”, me pregunté. Vi cómo otro hombre le relevaba en su puesto… al parecer con gran alivio del primero. Encendió un cigarrillo y comenzó a caminar lentamente hacia el oscuro frente del lago.

Me acerqué a él al doblar una curva oculta por unos altos arbustos. Era un lugar solitario, pero lo suficientemente cercano a la feria para que sus diferentes ruidos llegaran todavía a mis oídos.

  El hombre oyó mis pasos y dio media vuelta. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios y con una mano se frotó los nudillos de la otra al mismo tiempo que decía:

  -Está usted buscándoselo, señor.

  Sus ojos se abrieron enormemente cuando vio el revólver que yo sostenía en la mano.

  -¿Qué edad tiene usted? - pregunté.

-Escuche, señor - dijo el hombre rápidamente-. Solamente tengo en el bolsillo un par de billetes de diez dólares.

-¿Qué edad tiene usted? -repetí.

Sus ojos parpadearon nerviosamente al responder: -Treinta y dos años.

Moví la cabeza tristemente y comenté:

-Podía haber vivido usted hasta los setenta y tantos quizá. Cuarenta años más de vida si se hubiera tomado la simple molestia de actuar como un ser hu  mano.

El hombre palideció y preguntó:

-¿Está usted loco, amigo?

-Es posible.

Y en aquel momento apreté el gatillo.

El ruido del disparo no fue tan fuerte como yo esperaba o quizá su eco se perdió entre los demás ruidos de la feria.

El hombre se tambaleó y luego cayó muerto en el borde del sendero que conducía al lago.

Tomé asiento en un cercano banco del parque y esperé. ¿Acaso nadie había oído el disparo?

Repentinamente me di cuenta de que sentía apetito. No había comido nada desde el mediodía. El pensamiento de que me llevaran a una comisaría y me hiciesen preguntas durante largo tiempo me parecía cosa intolerable. Y además me dolía mucho la cabeza.

Arranqué una página de mi libreta de notas y comencé a escribir:

“Una palabra descuidada puede perdonarse. Pero una vida de cruel grosería no. Este hombre merece la muerte.”

Estaba a punto de firmar con mi nombre pero entonces decidí que mis iniciales serían suficientes por el momento. No deseaba que me detuvieran antes de comer algo y tomar unas aspirinas.

Doblé la hoja y la coloqué en el interior del bolsillo superior de la americana del portero muerto.

No me encontré con nadie cuando retrocedí por el sendero y ascendí luego hacia el puente. Caminé hasta llegar a Weschler’s, probablemente el mejor restaurante de la ciudad. Los precios, en circunstancias normales, iban más allá de mis posibilidades económicas, pero en aquellos momentos opiné que podía permitirme el lujo de hacer un extraordinario.

Después de cenar decidí que no estaría nada mal dar un paseo nocturno en autobús. Me gustaba aquella forma de excursión a través de la ciudad y, después de todo, también comprendía que mi libertad de movimientos muy pronto quedaría restringida.

El conductor del autobús era claramente un hombre impaciente y aún estaba mucho más claro que los pasajeros eran sus enemigos. Sin embargo la noche era hermosa y el autobús no estaba muy lleno de gente.

En la calle 68, una mujer de aspecto frágil, cabellos muy blancos y rasgos de camafeo esperaba en la curva. El conductor, gruñendo, detuvo el vehículo y abrió la portezuela.

La mujer sonrió e hizo un movimiento de cabeza, asintiendo, a los pasajeros cuando puso el pie en el primer escalón. Se podía observar que la vida de aquella mujer era de suave felicidad y de muy pocos viajes en autobús.

-¡Bien! - gritó el conductor -. ¿Va usted a tardar todo el día en subir?

La mujer se sonrojó y tartamudeó:

-Lo siento, señor…

Y al mismo tiempo le entregó un billete de cinco dólares.

El hombre abrió los ojos asombrado.

-¿No tiene usted cambio? - preguntó.

La mujer se sonrojó aún más y murmuró:

-No lo creo. Pero miraré…

Era evidente que el conductor iba adelantado en su itinerario y esperó.

Y otra cosa estaba muy clara. Que estaba disfrutando enormemente con la escena.

La mujer encontró un cuarto de dólar y lo sostuvo entre los dedos tímidamente.

-¡En la máquina! - bramó el conductor.

La mujer dejó caer la moneda en la máquina automática del cambio.

El conductor arrancó el vehículo violentamente y la mujer casi cayó al suelo. Se las pudo arreglar para asirse a tiempo a una de las barras de los asientos.

Sus ojos se posaron sobre los pasajeros como si tratara de disculparse… por no haberse movido más rápidamente, por no tener cambio, y por casi haberse caí. do. Una sonrisa tembló en sus labios y luego tomó asiento.

En la calle 82, la mujer hizo presión sobre el botón de aviso, se puso en pie y avanzó hacia la parte delantera del vehículo.

El conductor miró hacia atrás al mismo tiempo que detenía al autobús.

-¡Por la parte de atrás! - gritó -. ¿Por qué no se acostumbrará la gente a usar la parte de atrás?

Yo siempre fui partidario de usar las portezuelas posteriores de los autobuses especialmente cuando éstos van llenos de gente. Pero en aquel momento ocupaban el coche una media docena de pasajeros que leían sus periódicos con terrible indiferencia.

La mujer se volvió, palideciendo, y se dirigió a la portezuela trasera.

La tarde que había pasado o la que pensaba pasar había quedado arruinada. Y quizá muchas más tardes al acordarse de aquélla.

Yo seguí en el autobús hasta el final de la línea.

Era el único pasajero cuando el conductor dio la vuelta al vehículo y lo aparcó.

Se trataba de un lugar desierto, una esquina mal iluminada y no había pasajeros esperando en el pequeño refugio de la curva. El conductor lanzó una ojeada a su reloj, encendió un cigarrillo y luego se dio cuenta de mi presencia.

-Si piensa usted seguir en el coche, señor, ponga otros veinticinco centavos en la máquina. Aquí no se da nada gratis - aclaró.

Me levanté de mi asiento y caminé lentamente hacia la delantera del vehículo.

-¿Qué edad tiene usted? -pregunté.

-Eso no le interesa.

-Unos treinta y cinco años, imagino - dije -. Aún le quedaban por delante quizá unos treinta años más…

Y al pronunciar estas últimas palabras extraje el revólver del bolsillo.

El conductor dejó caer al suelo el cigarrillo. -Llévese el dinero - dijo.

-No me interesa el dinero. Estoy pensando en una dama muy educada y también en otros cientos de damas más y en muchos hombres inofensivos y niños que sonríen. Usted es un criminal. No existe justificación para lo que usted hace con ellos. Ni tampoco existe justificación para que usted siga viviendo.

Y le maté.

Tomé asiento y esperé.

Al cabo de diez minutos aún estaba sentado solo en compañía del cadáver.

Me di cuenta de que tenía sueño. Un sueño increíble. Sería mejor dormir durante toda una noche y luego en. tregarme a la policía.

Escribí mi justificación sobre la muerte del conductor en otra hoja de papel, añadí mis iniciales, y se la metí en un bolsillo.

Tuve luego que caminar a lo largo de cuatro manzanas de casas antes de encontrar un taxi que me llevara a mi apartamento.

Dormí profundamente y quizá soñé. Pero si lo hice, mis sueños fueron agradables e inocuos. Eran casi las nueve de la mañana cuando desperté.

Después de ducharme y desayunar calmosamente, elegí mi mejor traje. Recordé que aún no había pagado la factura mensual del teléfono. Extendí un talón y luego lo metí en un sobre en el que escribí la adecuada dirección. Luego descubrí que no tenía sellos. “No importa -me dije-, compraré uno de camino a la comisaría.”

Casi había llegado a esta última cuando de nuevo recordé el sello. Me detuve en un almacén de la esquina más próxima. Era un lugar en el que jamás había entrado antes.

El propietario, ataviado con americana blanca, se hallaba sentado tras el mostrador leyendo el periódico y un vendedor a comisión hacía notas en un libro de pedidos.

El dueño del establecimiento ni siquiera miró cuando yo entré en la tienda y dijo al vendedor:

-Tienen ya sus huellas dactilares a causa de las notas, conocen su escritura, y también sus iniciales, ¿qué le pasa a la policía?

El vendedor se encogió de hombros y replicó:

-¿ Y para qué sirven las huellas dactilares si el asesino no figura en los archivos de la policía? Lo mismo ocurre con la escritura si no se la puede comparar con otra. ¿Y cuántas personas en la ciudad tienen esas mismas iniciales L. T.?

El vendedor cerró su libro y dijo a continuación:

-Volveré la semana que viene.

Cuando se fue, el propietario de la tienda continuó leyendo el periódico.

Yo aclaré la garganta.

El hombre terminó de leer un largo párrafo y luego alzó la cabeza.

-Dígame… -murmuró.

-Un sello de cuatro centavos, por favor.

El hombre adoptó la misma expresión que si en aquel momento yo le hubiese propinado una bofetada. Me miró durante quince segundos, luego abandonó su taburete y lentamente se dirigió hacia la parte posterior de la tienda donde había una pequeña ventana enrejada.

Yo estaba a punto de seguirle, pero en aquel momento llamó mi atención una pequeña exposición de pipas que había a mi izquierda.

Al cabo de un rato sentí que unos ojos se posaban sobre mí. Alcé la cabeza.

El dueño de la tienda se halla en pie al final del establecimiento, apoyando una mano en la cadera y sosteniendo en la otra el sello. Al cabo de un par de segundos, preguntó:

-¿Acaso espera que yo se lo lleve ahí?

Y en aquel preciso momento recordé a un pequeño muchacho de seis años de edad que poseía cinco centavos. Cinco centavos de aquellos tiempos, en los que se vendían tantos dulces de infinitas variedades.

El chico, que en tal caso había sido yo, acababa de entrar en el establecimiento arrastrado por el atractivo escaparate donde se exhibían varias clases de dulces, y ya en el interior del establecimiento había luchado con la indecisión. ¿Cuál elegir? Bueno, le gustaban todos, pero no aquellas guindas escarchadas. No, aquello no le gustaba.

Y entonces se había dado cuenta de que el tendero se hallaba en pie al lado del escaparate, golpeando con un pie sobre el suelo lleno de impaciencia. Los ojos del tendero resplandecían de irritación… No, había sido algo más que eso, brillaban de cólera.

«-¿Es que piensas estar aquí todo el día con esa piojosa moneda en la mano?», le había preguntado el hombre.

Aquel niño era un niño muy sensible y las palabras del tendero le habían sentado tan mal como si en aquel momento alguien le hubiese golpeado. Sus preciosos cinco centavos no valían nada. Aquel hombre le había despreciado, y en él despreciaba a todos los niños.

Luego había señalado con la mano hacia el escaparate para casi tartamudear:

-Cinco centavos de eso…

Cuando abandonó el establecimiento descubrió que en la bolsa sólo llevaba guindas escarchadas.

Pero aquello no importaba realmente. Aun cuando hubiese llevado otra cosa, tampoco habría podido comerla.

Ahora miré al propietario del establecimiento y al sello de cuatro centavos y a aquella expresión de odio hacia todo ser humano que no contribuyese debidamente al aumento de sus beneficios. No me quedaba la menor duda de que inmediatamente sonreiría si me decidía a comprarle una de sus pipas.

Pero volví a pensar en el sello de cuatro centavos y en aquel paquete de guindas que había arrojado a la basura hacía muchos años.

Avancé hacia el fondo del almacén y saqué el revólver del bolsillo.

-¿Qué edad tiene usted? - pregunté.

Cuando murió no esperé más qué el tiempo suficien. te para escribir una nota. Esta vez había matado para vengar unas horas de mi infancia y realmente necesitaba un trago.

Caminé a lo largo de varias casas de la misma calle y entré en un pequeño bar. Pedí un coñac y un vaso de agua.

Al cabo de diez minutos escuché el ulular de la sirena de un coche patrulla.

El dueño del bar se acercó a la ventana.

-Es en esta misma calle - dijo al mismo tiempo que se quitaba la americana blanca-. Voy a ver qué es lo que ocurre. Por favor, señor, si viene alguien diga usted que regreso en seguida.

Luego colocó la motella de coñaz sobre el mostrador y añadió:

-Sírvase usted mismo…, pero dígame luego cuántas ha tomado.

Sorbí pacíficamente el coñac y contemplé desde mi taburete la llegada de más coches patrulla y a continuación la de la ambulancia.

El dueño del bar regresó al cabo de diez minutos seguido por un cliente.

-Una cerveza corta, Joe -pidió este último. -Este es mi segundo coñac -advertí yo.

Joe recogió las monedas que yo deposité en el mostrador, y dijo:

-Han asesinado al abacero de ahí abajo. Parece que ha sido el hombre que mata a la gente que no es cortés.

El cliente observó cómo Joe servía la cerveza en el vaso y preguntó:

-¿Cómo sabes eso? Bien pudo ser un atraco… Joe movió la cabeza negativamente.

-No. Fred Masters, el que tiene la tienda de televisión al otro lado de la calle, encontró el cadáver y leyó la nota.

El cliente depositó cinco centavos en el mostrador, y comentó:

-Me parece que no voy a llorar su muerte. Yo siempre compraba en cualquier otro lado. Ese tipo te vendía como si te estuviera haciendo un gran favor.

Joe asintió con un movimiento de cabeza y replicó:

-Si. No creo que nadie de la vecindad vaya a echarle mucho de menos. Era bastante inaguantable.

Yo estaba a punto de salir del bar y acercarme hasta el almacén para entregarme, pero entonces pedí otro coñac y saqué del bolsillo mi libreta de notas. Comencé a extender una lista de nombres.

Era sorprendente como un nombre seguía inmediatamente al otro. Eran recuerdos amargos, algunos grandes y otros más pequeños, algunos que yo había experimentado y otros que había presenciado… y que quizáme habían sentado mucho peor que a las víctimas.

Nombres. ¿Y el de aquel almacenista? No lo recordaba, pero también debía incluido.

Recordé el día y a la señorita Newman. Eramos sus alumnos de sexto grado y nos había llevado a otra de sus excursiones… Esta vez a los almacenes que había a lo largo del río, donde nos iba a enseñar “cómo trabajaba la industria”.

La señorita Newman siempre proyectaba sus excursiones por adelantado y pedía permiso para visitar los lugares adonde pensaba llevarnos, pero esta vez quizá se perdió o desorientó y llegamos al almacén… ella y los treinta chiquillos que la adoraban.

Y el almacenista la había expulsado groseramente. Había empleado un lenguaje que nosotros no entendíamos, pero que sí comprendíamos en su sentido, palabras dirigidas tanto a la señorita Newman como a nosotros.

La señorita Newman era una mujer de baja estatura que en aquel momento sintió un pánico terrible y todos nos retiramos. Al parecer, se sintió tan humillada ante nosotros que al día siguiente no apareció por la escuela ni volvió a hacerlo más, hasta que supimos que había solicitado un traslado.

Y yo, que la adoraba, sabía por qué. No podía ponerse delante de nosotros después de aquello.

¿Viviría todavía aquel individuo? Pensé que por entonces debía andar por los veintitantos años de edad.

Cuando abandoné el bar media hora más tarde, me di cuenta de que tenía por delante mucho trabajo.

Los días siguientes fueron muy atareados, y entre otros, encontré al almacenista. Le dije por lo que moría porque el hombre ni siquiera lo recordaba.

Y cuando terminé aquella labor entré en un restaurante situado no muy lejos de mi última ejecución.

La camarera suspendió su conversación con la cajera y se acercó a mi mesa.

-¿Qué desea usted? -preguntó.

Pedí un buen filete y tomates.

El filete resultó lo que se podía esperar de aquella vecindad. Cuando extendí la mano para tomar la cucharilla del café, la dejé caer al suelo accidentalmente. Luego la recogí.

-Camarera -llamé -, ¿puede traerme otra cucharilla, por favor?

La mujer se acercó airadamente a mi mesa y me arrebató la cucharilla de la mano.

-¿Qué le pasa, señor? -interrogó-. ¿Sufre de temblores o algo parecido?

Regresó al cabo de unos momentos y estaba a punto de depositar otra cucharilla sobre la mesa con énfasis considerable cuando de repente se alteró la dura expresión de sus facciones. Disminuyó el descenso del brazo y cuando la cuchara tocó el mantel de la mesa lo hizo suavemente, muy suavemente.

Luego la mujer se echó a reír nerviosa.

-Siento haber sido tan grosera, señor.

Se trataba de una disculpa, y por eso repliqué: -No tiene importancia, olvídelo.

-Quiero decir que puede usted dejar caer al suelo la cucharilla siempre que guste. Me alegrará servirle otra limpia.

-Gracias - murmuré, atendiendo a mi café.

-No se habrá ofendido usted, ¿verdad, señor? -No. En absoluto.

La mujer tomó un periódico de una cercana mesa y dijo:

-Aquí tiene usted, señor, puede usted leerlo mientras come. Quiero decir que es de la casa. Gratis.

Cuando la mujer se retiró, la cajera la miró con los ojos muy abiertos, y preguntó:

-¿Qué significa todo esto, Mable?

Mable me miró de reojo con cierta incomodidad.

-Nunca se puede decir… no podemos asegurar quién es ese hombre. En estos días será mejor mostrar más cortesía.

Mientras comí estuve leyendo y hubo una noticia que me llamó sumamente la atención. Un hombre maduro había calentado unos centavos en una sartén puesta al fuego y luego se los había arrojado a unos cuantos niños que estaban jugando frente a Halloween, y naturalmente se había producido graves quemaduras en las manos. El hombre había sido multado con veinte miserables dólares.

Inmediatamente anoté su nombre y dirección en mi libreta.

El doctor Briller terminó su examen.

-Ya puede usted vestirse, señor Turner.

Recogí mi camisa de encima de una silla y comenté:

-Supongo que no habrá salido ninguna nueva droga milagrosa desde la última vez que estuve aquí, ¿verdad?

El doctor se echó a reír con toda naturalidad, y contestó:

-No, me temo que por ahora no.

Luego contempló en silencio cómo me abotonaba la camisa, y añadió:

-Y a propósito, ¿ha decidido usted lo que va hacer con el tiempo que le queda?

Yo ya lo había pensado, pero creí conveniente responder:

-No, todavía no.

El médico pareció asombrarse profundamente y replicó:

-Ya debía haberlo hecho. Sólo le quedan tres meses.

Y, por favor, hágamelo saber cuando lo decida.

Mientras terminaba de vestirme el doctor se sentó ante su mesa de despacho y lanzó una ojeada al periódico que descansaba sobre ella.

-El asesino parece estar muy ocupado estos días, ¿eh? Luego volvió la página y añadió:

-Pero lo curioso del caso, lo sorprendente de todo cuanto está ocurriendo en estos crímenes es la reacción pública ante los mismos. ¿Ha leído usted las Cartas del Pueblo que se han publicado recientemente?

-No.

-Estos asesinatos parece que encuentran apoyo casi universal. Parece que hay mucha gente que los aprueba. Algunas de las personas que escriben esas cartas dan la impresión de que estarían dispuestas a suministrar al asesino unas cuantas víctimas más, si eso pudiese ser.

Pensé en que tendría que comprar un periódico.

-Y no solamente eso - añadió el doctor Briller-, sino que en toda la ciudad ha estallado una verdadera ola de cortesía.

Me puse el abrigo y pregunté:

-¿He de volver dentro de dos semanas?

El doctor dejó el periódico a un lado y respondió:

-Sí. Y trate de considerar su caso en la forma más alegre posible. Piense que todos hemos de seguír el mismo camino, antes o después.

Pero ya tenía la impresión de que para el doctor Briller siempre habría un “después” mejor que un “antes”, en el futuro.

Mi cita con el doctor Briller se había celebrado por la tarde y eran casi las diez de la noche cuando dejé el autobús, y emprendi el corto paseo hasta mi apartamento.

Cuando me aproximaba a la última esquina oí un disparo. Entré en la calle Milding Lane y encontré a un  hombrecillo que sostenía un revólver en la mano junto a un cuerpo caído sobre la acera y que, a juzgar por su aspecto, no era más que un cadáver ya.

Miré al muerto y murmuré, asombrado: -¡Cielo santo! ¡Un policía!

El hombrecillo asintió con un movimiento de cabeza.

-Sí - dijo -. Lo que acabo de hacer parecerá un poco extremado, pero verá usted…, este agente estaba   empleando un lenguaje totalmente innecesario…

-¡Ah! - exclamé.

El hombrecillo volvió a asentir con otro movimiento de cabeza y añadió:

-Tenía mi coche aparcado frente a esta bomba de incendios. Le aseguro a usted que inadvertidamente.

Y este policía me estaba esperando cuando regresé a mi coche. También descubrió que me había olvidado en casa el permiso de conducir. Yo no hubiese actuado como lo hice si el hombre se hubiese limitado a extenderme una multa, pues yo era culpable y lo admito, señor, pero no se contentó con eso. Hizo embarazosas observaciones acerca de mi inteligencia, de mi vista y sobre la posibilidad de que yo hubiera robado este coche, y finalmente puso en duda la legitimidad de mi nacimiento…

El hombrecillo parpadeó nerviosamente ante el recuerdo de esta última observación y añadió casi en voz baja:

-Y mi madre era un ángel, señor, un verdadero ángel…

Recordé inmediatamente una vez que también yo había sido detenido cuando había cruzado, inadvertidamente, un paso prohibido para peatones en una calle. Yo hubiese aceptado gustosamente la reprimenda de costumbre e incluso una multa, pero el agente insistió en pronunciar una auténtica conferencia ante un numeroso grupo de personas que se habían reunido a nuestro alrededor, y que sonreían divertidas. Fue de lo más humillante.

El hombrecillo miró a la pistola que sostenía en la mano, y dijo:

-Compré hoy mismo esto, y realmente intentaba emplearla con el superintendente de la casa donde vivo. Es un fanfarrón.

Yo comenté, asintiendo con un movimiento de cabeza:

-Insolentes individuos.

El hombrecillo suspiró hondo.

-Pero ahora supongo que tendré que entregarme a la policía, ¿no le parece?

Lo pensé un poco y el hombrecillo me miró fijamente.

Luego el hombrecillo aclaró la garganta, y añadió:

-¿No le parece a usted que debería dejar una nota sobre ese cadáver? Verá usted, estuve leyendo en el periódico acerca de…

Inmediatamente le presté mi libreta de notas.

El hombrecillo escribió unas cuantas líneas, firmó con sus iniciales, y depositó la hoja de papel entre los botones de la guerrera del agente muerto.

Luego me devolvió la libreta, diciendo:

-Tengo que recordar comprar una como ésta. Acto seguido abrió la portezuela de su coche y preguntó:

-¿Quiere que le deje en algún sitio?

-No, gracias. Hace una buena noche y prefiero pasear.

“Agradable individuo”, pensé, cuando el coche se alejó.

Era una lástima que no hubiese muchos como él.